¡Cuando las rompientes se convierten en olas que curan y calman!
Enseñar surf durante más de 20 años me ha llevado a observar al individuo en el elemento acuático cada vez menos como una suma de habilidades psicomotrices, sino más bien como un ser sensible, con puntos fuertes y débiles, cuyo comportamiento en contacto con el océano estará condicionado por las experiencias íntimas que haya tenido a lo largo de su vida. Esto va más allá del individuo para abarcar al grupo, ya que la cultura en la que haya nacido el individuo también determinará su aproximación al elemento oceánico.
El océano, revelador de traumas
El elemento líquido puede percibirse como amenazador a través de la visión de las olas, la evocación de inquietantes profundidades desde las que perder pie, o incluso a través de la inmersión del rostro en el agua. Las numerosas criaturas fantásticas que han habitado los mares a lo largo de la historia dan testimonio de esta relación incómoda con las profundidades oceánicas y de la existencia de un inconsciente colectivo.
La desconfianza de algunas personas hacia el océano suele tener su origen en un trauma íntimo o familiar: un niño fue arrollado por una gran ola cuando estaba descubriendo el océano, otro pensó que se iba a ahogar en una piscina, y otro ha heredado el miedo de sus padres, transmitido a través de la expresión constante de estrés tetánico ante el océano.
Por tanto, puede parecer sorprendente que alguien que se resiste a nadar o al océano se apunte a clases de surf. A partir de ahí, podemos ver una serie de motivaciones y tipos de comportamiento:
El deseo de exorcizar tus miedos
Un instructor atento permitirá a su alumno controlar y luego superar su aprensión, porque le pondrá en condiciones seguras para practicar: el alumno será llevado a superar sus límites gradualmente, a su propio ritmo.
Si se siente cómodo en 10 cm de agua, el instructor no le animará a ir más lejos; esto sucederá de forma natural a medida que la experiencia oceánica sustituya el estrés por una sensación de placer.
Los musgos serán su primer patio de recreo, dejando que las olas rompan mar adentro. Con los pies en la arena y constantemente atraídos hacia la orilla, los surfistas en ciernes aprenderán a desprenderse de su miedo y a observar un elemento natural que, al hacerse comprensible, perderá su carácter misterioso y amenazador.
Este enfoque atento y progresivo, adaptado al ritmo de cada uno, ha dado resultados sorprendentes: los alumnos transforman sus límites irracionales en límites objetivos, aprendiendo a surfear en condiciones que se adaptan a su nivel físico y técnico. De este modo, los alumnos llegan a ser capaces de distinguir entre un océano suave en días de poco oleaje, y un océano agitado del que hay que desconfiar. La tiranía del miedo se disuelve en una infinidad de variaciones oceánicas que transmiten sensaciones de calma, plenitud, placer y evasión.
Autonegación
Algunos alumnos toman clases de surf para estar a la altura de sus amigos, sin ningún deseo real de superar su aprensión o motivación. Las palabras tranquilizadoras del educador no se escuchan porque el miedo al elemento se blande como un escudo contra el que rebota la razón.
Para comunicarse, el alumno utiliza sólo la forma negativa: “No me apetece”, “No me hace gracia”, “No quería venir”, y el reto consiste en hacerles avanzar gradualmente hacia el “Lo intentaré”, “Lo comprendo”, “Confío en ti”.
Para otros, la motivación estaba ahí, pero se desvanece ante un inconsciente que les paraliza. El miedo al elemento, la falta de confianza en uno mismo y la desconfianza ante situaciones nuevas son la fuente de bloqueos y comportamientos irracionales.
Algunas personas siguen negándose a admitir que tienen miedo. Pero para superar el miedo, hay que aceptarlo, y luego superarlo. Ciertos indicios revelan entonces lo que el alumno no ha verbalizado, y el lenguaje corporal no miente: el rostro está cerrado, tenso, el alumno no escucha los consejos del instructor, es víctima del efecto túnel, toda su atención se centra en el objeto de su miedo, por ejemplo las olas.
Sorprendentemente, a menudo observamos un comportamiento desconcertante por parte del alumno al que se le ha ordenado permanecer cerca de la orilla en los pequeños musgos y que, como hechizado, se adentra en el mar para encontrarse con las rompientes que son objeto de su tensión y que, al sacudirle, no hacen sino reforzar su repulsión por las olas.
Esto puede verse como un deseo inconsciente de validar una aversión en lugar de intentar superarla. El efecto túnel también puede explicar este tipo de comportamiento autómata, que ya no percibe nada aparte del objeto temido.
Además, algunos personajes que se resisten especialmente al pacto alumno-profesor ignoran las instrucciones del maestro y saltan por el aro del aprendizaje enfrentándose al elemento, a riesgo de lesionarse. No entienden el océano, están estresados, y aun así se ponen en situaciones que dañan tanto sus cuerpos como sus egos. Porque si no se aceptan los benévolos consejos del educador, el océano siempre tiene la última palabra.
Para superar el miedo, tienes que aceptar tus debilidades. El trabajo sobre uno mismo no puede comenzar si el individuo aprehende el entorno externo como un enemigo al que hay que enfrentarse y al transmisor del conocimiento como un obstáculo erigido en medio del caos. Desgraciadamente, el alumno que no ha depuesto su ego durante el tiempo necesario para aprender encontrará mil excusas para abandonar la práctica: está demasiado dolorido, se hizo daño al pisar un guijarro en medio de una playa de arena, la tabla de surf es demasiado mala, o tal vez sean las olas, etc.
A un alumno le faltará confianza mientras que a otro le sobrará, y el profesor tendrá que adaptarse a actitudes opuestas, entre el alumno que no intenta nada por miedo al fracaso y el que fracasa por querer saltarse todas las etapas del proceso de aprendizaje.
El buen educador no ve a sus alumnos como superhombres o superdotados, sólo ve personas en situación de aprendizaje, en toda la diversidad de la raza humana.
La plenitud del surfista
El océano tiene innumerables virtudes, porque el océano aterrador es en realidad el océano que calma y tranquiliza. Los usuarios del océano han firmado un pacto con la naturaleza, entregándose al ritmo de los elementos, dejándose llevar y dejando de lado ciertos hábitos para vivir el momento.
El océano es una máquina de romper egos, pues todos encuentran sus límites cuando el elemento pasa de ser un mar de petróleo en verano a una tormenta invernal que devora la costa.
Pero la disciplina del surf tiene sus ventajas y sus efectos negativos: revela el carácter.
La adrenalina, la búsqueda del placer y la variabilidad del entorno oceánico son un gran combustible para superarte a ti mismo, mejorando tu resistencia, tenacidad, gestión del estrés, reflejos, eficacia en el momento, adaptabilidad, paciencia, humildad y tolerancia.
Por desgracia, también es el caldo de cultivo de sentimientos como la negación de los demás, competir en la onda, el individualismo rudo y un ego desproporcionado una vez alcanzado cierto grado de autonomía. El lado oscuro de la fuerza, ¡dicen los fans de La Guerra de las Galaxias o del taoísmo! Pero este tipo de deriva suele encontrarse más en el lado del surfista experimentado.
En resumen, el surf no pretende sustituir al psicoanálisis, pero sí encaminar al aprendiz de surfista hacia la dicha, utilizando el entorno natural como campo de juego. La Ki Surf School, en las playas del sur de las Landas francesas, apuesta por el reencantamiento con el líquido elemento y la búsqueda del hedonismo.


