El surf, el ideal de la nueva era de una vuelta a la naturaleza, un viaje iniciático y una búsqueda de identidad, se ha convertido en uno de los muchos avatares del neoliberalismo: a los primeros pioneros, descubridores de olas vírgenes, les han seguido de cerca hordas de promotores, operadores turísticos y trabajadores del hormigón ávidos de beneficios, y muchos paraísos del surf, perdidos para siempre, se han convertido en infiernos costeros.
Jérémy Lemarié, De la sportisation du surf en Californie du Sud et à Hawaï…, coautor de Surf à Contre courant, une odyssée scientifique, describe la aparición de los primeros viajes de surf en los años 60 y 70 como un medio de reforzar el imperialismo estadounidense.
El mercado de los viajes de surf
Aunque en todo hay zonas grises, hay 2 tipos de surfistas viajeros:
1. El surfista pragmático quiere consumir olas al sol, considerando la cultura local como un vago decoro, algo secundario. A imagen de una sociedad que aprecia la velocidad y el beneficio, viajan para consumir olas. El viaje en barco es la ilustración perfecta de este enfoque orientado al beneficio.
2. Este aventurero del surf busca tanto la autenticidad cultural como las olas, y cree que viajar de verdad significa alejarse del turismo de masas y de las políticas costeras estandarizadas y conocer a la gente local. Salirse de los caminos trillados lleva su tiempo y su cuota de molestias, que, desde su punto de vista, es lo que hace que viajar sea tan emocionante.
En un momento en que el mundo es cada vez más consciente de la necesidad de preservar los recursos naturales y sociales, todo el mundo habla de “desarrollo sostenible”. Como consecuencia, están surgiendo ecolodges en todo el mundo, a menudo a precios muy elevados, para complementar la tendencia continua hacia un turismo basado en el hormigón.
Del mismo modo que el camping ha desaparecido como medio de acceso a las vacaciones para las clases trabajadoras (las parcelas para tiendas de campaña han desaparecido en favor de casas móviles cada vez más caras y lujosas), el alojamiento ecológico ha permitido a toda una generación de aprendices de hoteleros ofrecer un alojamiento espartano a precios prohibitivos: el ahorro de energía puede justificar a veces la falta de confort. Así, la rapacidad y la codicia pueden revestirse de virtud. En Indonesia, una cabaña de bambú con un colchón mohoso que costaba 5 euros la noche en 2002 se vende ahora a 100 euros porque ha sido calificada de “Ecoalojamiento”.
De este modo, un destino para mochileros se transforma en un destino para ricos. En las Seychelles, el ecolodge sólo es accesible a una franja adinerada de la población, y es un producto de lujo que hace honor a sus pretensiones, con jacuzzi, cocina refinada y todo lo demás.
Para el sociólogo Bernard Duterme, autor de La Domination Touristique (La Dominación Turística), no tiene sentido diferenciar las prácticas turísticas, unas virtuosas y otras francamente deletéreas, porque todas corresponden a segmentos de la misma economía de mercado. Lee su intransigente artículo sobre el turismo del mundo.


