Jours Barbares, una vida de surf
William Finnegan nos cuenta la historia de una vida dedicada a la persecución de efímeros monstruos marinos, olas que le enfrentan al miedo inmediato a la muerte física y al miedo más insidioso a la muerte social. Porque las curvas que el surfista dibuja en miles de olas, como tantas páginas en blanco, desaparecen inmediatamente, las hazañas, la apoteosis, la euforia, ¿qué queda de ellas?
El surfista estadounidense relata la evolución del surf desde los años 70 hasta nuestros días. Descubrimos que Bali en los años 70 ya estaba siendo tomada por hordas de turistas, y cómo las olas que ahora son legendarias fueron descubiertas en aquella época y cedidas casi inmediatamente a las multitudes.
La revista Surfeur dio a conocer la ola de Tavarua, en Fiyi, que se había convertido en coto exclusivo de un complejo hotelero regentado por dos surfistas californianos: había nacido el concepto de ola privada, seguido de cerca por el de excursión en barco.
Los artículos sobre el descubrimiento de una nueva gran ola son un elemento básico de las revistas de surf, pero cuando se trata de la obligación de ocultar su ubicación, las normas no escritas siguen siendo estrictas. Se puede divulgar el nombre del continente, pero nunca el nombre del propio país, ni siquiera, a veces, el nombre del océano… En este caso, se habían incumplido todas las normas.
En pos de las olas, pero también de una forma de idealismo propio En los años 70, el narrador nos lleva por todo el mundo, a Hawai, Fiyi, Java, Nias, California… Su historia es la historia de tantos otros surfistas. Hoy en día es ciertamente más difícil encontrar una ola virgen de calidad, pero no es imposible. Guardarse el descubrimiento para uno mismo parece más difícil, tal es la ley de la escasez. Con las olas ocurre lo mismo que con las especies en peligro de extinción: la tentación de lucrarse con ellas es fuerte.
El libro es interesante, pero a la traducción francesa le cuesta transmitir cualquier noción del surf. Y por una buena razón, el traductor probablemente no tenga noción alguna del surf: un surfista mismo apenas puede entender las descripciones técnicas relativas al recorrido y a las variaciones del entorno oceánico. Mi abuela, que nadaba el crapillon (una brazada de su invención) durante todo el verano en la playa central de Capbreton, sin duda habría descrito mejor la rotura de una ola.
Sin embargo, es un placer leer desde dentro la experiencia de un surfista, desde sus primeras olas hasta la edad madura, que no es la edad de la sabiduría, sino más bien la edad de la sumisión a la regla del compromiso.
Más que un deporte, el surf es el hilo conductor de muchas vidas humanas, y Jours Barbares es una ilustración perfecta de ello.


